K.1.3     Nº 3 La boda y el Ministro

Caso Nº 3     La boda y el ministro

Documento de estudio MESC Nº 3,

Parroquia Lourdes, Concepción. Lunes 7 Febrero 2011. Comentarios a: jartigas@udc.cl

Una nieta del Ministro Extraordinario de la Santísima Comunión, se casaba en Santiago por lo que fue especialmente invitado. Viajar a Santiago era de las cosas que menos le atraían. Pero en fin, era una linda y querida nieta, artista profesional de teatro, activa y con algunos viajes al extranjero. A poco de llegar, ya le advirtieron que la boda se celebraría lejos de Santiago, en una parcela, y que los novios y sus amigos artistas habían diseñado una boda a la altura de sus valores estéticos y románticos. La nieta ya hacía un par de años que vivía con su pareja en un lugar agreste cercano a Santiago, en una casa de adobe con forma de ruca. El ministro había ido una vez a visitarlos y encontraba incomprensible que vivieran a casi dos horas, en dos micros, de su lugar de trabajo. ¿Sólo por sentir la naturaleza y ser naturales? De todos modos los había visto contentos y seguros de lo que estaban haciendo. El ministro fue trasladado al lugar de la boda, que resultó estar bastante lejos, pero valió la pena pues el lugar era hermoso. El césped que rodeaba la casa estaba muy bien cuidado y en él se veían, ya instalados, unas diez o doce mesas de 8 personas, claramente para un tipo de matrimonio ABC1. En el borde del extenso espacio, se veían mesas y asadores que posteriormente darían comida y bebida en abundancia a los cerca de 100 invitados, la mayoría artistas jóvenes y, un atado de viejos, obviamente familiares.

En el centro del prado estaba dispuesta una mesa baja, circular, con abundantes flores claramente silvestres, seis velas de un palmo de alto y algunos pocillos para quemar. Alrededor de la mesa, se dispuso asientos para los viejos, entre ellos el ministro-abuelo de la novia y otros senescentes en diferentes estados de conservación. Atrás, como diría Bartolomé Mitre en Cuyacán: perraje, formando un abigarrado círculo de jóvenes con tenidas informales, vistosas y creativas, pero caras.

Una vez estuvieron todos en sus puestos, un joven actor, que ejerció de maestro de ceremonias, explicó: Esta será una boda natural, en la cual los novios, frente a sus amigos (no nombró a los familiares), prometen cuidarse mutuamente y quererse para siempre (hasta que el juez los separe, pensó el ministro). Continuó con la explicación de la ceremonia y de los elementos dispuestos sobre la mesa y, que él y los padres leerían algo que traían preparado. Finalmente, ambos novios se dirían cosas mutuas. Los padres se dispusieron en círculo detrás de la mesa, frente a los ancianos sentados. Se notaban nerviosos, algunos con un papel plegado en las manos. Luego de sus explicaciones, el maestro de ceremonias dijo: Ahora señoras y señores (el ministro no pudo dejar de recordar al Sr. Corales): los novios. Desde una puerta de la casa salieron tomados de la mano, los novios, ágiles, como hacia un escenario, seguros, cancheros y sonrientes. Saludaron con gestos amplios y simpáticos. El novio era un joven alto de excelente tipo, delgado, con una abundante barba completa, castaña y la cabellera abundante, cuidadosamente desordenada. Vestía un fino terno de color café, con chaleco de cuatro botones y camisa blanca sin corbata. Se veía muy atractivo; una ligera sonrisa nerviosa lo hacía irresistible. La nieta-novia-artista profesional-regalona del abuelo-ministro, se veía radiante, guapísima con el pelo tomado en una trenza, la frente muy despejada, con una coronilla de flores silvestres en la cabeza. Llevaba un vestido blanco que le llegaba a medio muslo, formando bajo la cintura un volumen producido por abundantes pliegues (parece un repollito blanco, pensó el abuelo). La ceremonia empezó cuando el maestro de ceremonia, echó unas hojas picadas de tabaco en un pocillo con algo de fuego, para espantar las malas vibras, alejar lo negativo y limpiar el pasado, aclaró. Luego invitó a participar a los padres. Cada uno, cuando le tocó, encendió una vela, la dejó en la mesa y luego hizo su parte. El padre del novio empezó (el ministro pensó: machistas. Al menos deberían haber respetado el supremo valor del vientre). Con voz insegura y flaca, leyó un par de poemas, según él alusivos al matrimonio, pero que casi nadie oyó por su voz nerviosa y débil. Luego lo hizo la madre del novio. Se acercó a su retoño y, mirándolo a los ojos, arrobada, le dedicó en voz alta y bien timbrada, hermosas palabras, sensatas y bien hilvanadas. Se veía que era una artista frustrada y veía en su apuesto hijo lo que ella no pudo ser o no la dejaron ser. El padre de la novia, médico conocido, al menos en carabineros, en cuyo hospital trabajó hasta jubilar, se excusó por no haber tenido tiempo para preparar algo (si para esta ocasión no, entonces para cuándo, pensó el ministro-abuelo). Dijo algunas sentidas palabras con amor y buenos deseos (gusto a poco pensó el ministro). La madre de la novia, hija del ministro, que a estas alturas de la vida y tal vez gracias a las monjas de la Inmaculada Concepción, donde estudió en Concepción, es una devota budista que vive en España y tiene cargos administrativos en el budismo que la obligan a viajar a la India y otros lugares del mundo. Hizo un sentido y bien desarrollado discurso a capella, lleno de sentimientos, con alusiones a la espiritualidad del matrimonio, la unión con la naturaleza, la reencarnación y, cómo la bondad debe unir a los hombres, los animales y las flores (hija de tigre, pensó el ministro). Terminada la parte parental, el maestro de ceremonias tomó un pocillo y en él quemó algunas hojas, unos pedazos de papel escrito que no se entendió qué contenían y al parecer algunas flores secas. Explicó que era un signo para abatir los malos espíritus que rondan sobre los mortales y frecuentemente sobre los matrimonios (el ministro no pudo dejar de pensar en los femicidios y lo absurdo del término inventado por los periodistas santiaguinos). Luego los declaró marido y mujer y todos los artistas y espontáneos del lugar, rompieron en un alborozo estruendoso, juvenil e insoportable. A continuación, los novios desfilaron por una calle formada por sus amigos que cantaban y hacían gestos que recordaban las danzas pascuenses.

Durante la comida, que estuvo muy bien atendida y regada, el ministro estaba meditativo. En toda la ceremonia, no se había hecho ni una sola alusión a Dios, ni a la santidad del matrimonio y la procreación. Pensaba que tal vez a él le habría correspondido hacer algo. Pero no le habían ofrecido la palabra ni hubo un momento para pedirla. Se preguntaba qué habría hecho si le hubiesen pedido un gesto religioso, unas palabras, algunos consejos. No veía cómo habría podido utilizar su ministerio. No había sido instruido al respecto. No sabía si podía casar, o bendecir, o en el nombre del Señor desearles felicidades. Si le hubiesen pedido una participación en la ceremonia, qué habría hecho? Fuera de decir un pequeño discurso sobre la fidelidad (¡entre artistas!), ser buenos padres, cuidarse en la vejez, ser buenos en general y en lo particular y, cómo pagarle un sueldo adecuado a la nana peruana y darle un lugar digno donde alojar. Pero en realidad, una acción, propia de su ministerio, no creía haber sido instruido para ello.

Cuando se retiraba de la fiesta, se fue a despedir de su nieta. Ella lo abrazó con mucho amor. El la apretó contra su pecho como cuando era una niña llorona que había que calmar con arrullos. Luego se separaron y quedaron mirándose de frente a los ojos con las manos tomadas. El ministro entonces le dijo: esto también te va a ayudar mucho en tu nueva vida, y le hizo una señal de la cruz en la frente. La nieta acuso el golpe y lo volvió a abrazar.