K.1.2     Nº 2 El secreto del Ministro

Caso Nº 2: EL SECRETO DEL MINISTRO

Documento de estudio MESC.

Parroquia Lourdes, Concepción. Viernes 31 diciembre 2010. Comentarios a: jartigas@udc.cl

Al ministro le gustaba su auto, sentirse aislado, con las ventanas cerradas, el aire acondicionado a 20º y la suave música de la radio de la Universidad de Concepción. Sentía una agradable intimidad que le hacía volar los pensamientos más allá del tráfico y los problemas diarios.
– Es un buen lugar para pensar en el Señor. Tener una comunicación íntima y meditar un poco, se dijo casi convencido.
Esto último, no le resultaba mucho. La meditación, pensaba, era para personas propensas a ello y posiblemente esta capacidad ya estaba en su ADN, otras la lograban mediante entrenamiento, como los budistas y los religiosos. No le había tocado pasar por esa experiencia y lo lamentaba. Hacía lo que podía con su propio ADN.
Desde que era Ministro Extraordinario de la Santísima Comunión, pensaba continuamente en la felicidad que sentía al llevar al Señor en las hostias consagradas que daba a los enfermos. Lo llenaba de emoción y gozo saber que iban 6 o 7 hostias en el auto con él.
Solos, absolutamente solos, sin que nadie se enterara de ello ni pudiera interrumpir la cerrada comunidad que formaban. Recordaba la primera reunión que tuvo con el Cura Márquez acerca de la posibilidad de ser ministro. Le había dicho con franqueza, que le interesaba ayudar a los demás, pero que mucho más le interesaba ayudarse a sí mismo y llegar a entender al Señor, aumentar la comunicación con Él y disfrutar las meditaciones que esperaba mejorarían. El cura no le puso mucha atención a esto, sólo le dijo que eso se daría naturalmente al tener bastante contacto con el Señor. No dejó de sorprenderlo la certeza con que se lo dijo y como rápidamente pasaron a otros temas. Supuso que así lo habría visto en ministros anteriores. La verdad era que había resultado cierto. Acababa de leer a Paul Jonson en su “Historia del Cristianismo” (700 págs.) y cuando lo terminó, había empezado a leerlo de nuevo porque le parecía que no había puesto suficientemente atención en ese gigante del cristianismo que fue San Pablo. Pensaba releer las primeras 100 páginas. Le había gustado saber que San Pablo era bajo, patichueco, cabezón, con unas grandes cejas (cejijunto), de risa fácil y muy simpático. Esta lectura le había, además, cambiado totalmente su enfoque sobre la figura de Cristo en la historia. También había visto recientemente trabajos (2010) de los expertos de la NASA y sus nuevos programas 3D de computación aplicados a la Sábana de Turín. El rostro resultante era sin duda mucho más verídico que los asexuados Cristos altos, rubios, de pelo largo, ojos azules, que llenan la iconografía católica. Había resultado ser un rostro delgado de un hombre de estatura más bien baja (aproximadamente 1.60 m), de tez oscura, nariz recta y larga, ligeramente aguileña, ojos oscuros, pelo negro suavemente ondulado y cortado a la altura de los hombros “como lo usaban los nazarenos”. La técnica usada era la última empleada para hacer la maqueta de la luna a partir de fotos bidimensionales.
– ¿Y si les creemos lo de la luna, por qué no lo del rostro del Señor? Se había preguntado el ministro.
Le había gustado ese rostro de Jesús, de ese árabe como tantos que hemos visto en Chile. Y lo había adoptado como real. Esto lo ayudó bastante, porque era naturalmente iconoclasta y ese cuento de las figuras de Cristo y la Virgen, propias de artistas del Renacimiento, eran porque a las gentes les gusta mostrarlos lo más bonitos posible y hacerlos más fáciles de querer, no lo convencía. Era frecuente oír decir que era como el retrato de nuestra madre biológica, que conservamos con respeto y cariño. Sí, pero a nadie se le ocurriría poner la foto de una bella artista porque es más bella que nuestra madre en vez de la de ella. Estaba seguro que el rostro de la Virgen fue más parecido al de su compañera MESC Cecilia Alamo que a otros disponibles para la venta.
Con frecuencia pensaba en los seglares que comulgaban diariamente. Le habría gustado hacerlo, pero la verdad era que creía que le complicaría la vida tener que ir a misa diariamente. Además, no confiaba en su perseverancia.
Un día, estaba como de costumbre en su auto, estacionado en el Parque Ecuador, dejando fluir libremente sus pensamientos. Pensaba que si deseaba comulgar diariamente, tal vez podría sacar varias hostias de más el domingo cuando las retiraba para llevarlas a los enfermos y guardar suficientes para él durante la semana. Era cierto que en los manuales de MESC se alertaba del peligro de dejar hostias en el auto o en alguna otra parte. Para eso estaba el porta viático, que se debía llevar colgado al cuello (lo que pocos hacían). Incluso, alguien había contado la historia de un religioso que llevaba hostias en un maletín, y que lo había dejado transitoriamente en el suelo y un perro lo había abierto y se había comido las hostias. No había creído la historia. Se preguntaba cómo el perro había detectado las hostias y luego abierto el porta documento y finalmente el porta viático. Más posible era que el religioso haya tenido en el maletín un sanguche de carne y ello habría incitado al perro. El Ministro tenía una mente en extremo crítica, tanto que en ocasiones y especialmente en lo atingente a la religión, más bien le estorbaba. Envidiaba la fe del carbonero y añoraba la lógica de San Pablo.
En adelante siguió su plan y el domingo retiró suficientes hostias para los enfermos del Sanatorio Alemán y para él durante la semana. A estas últimas las llamó “hostias personales”.
Así, tomó la costumbre de detenerse, en las mañanas, cuando se dirigía a su trabajo en la Universidad de Concepción, en el Parque Ecuador, un poco más allá de la Bomba, cerrar con seguro, subir los vidrios, poner el aire acondicionado y la Radio Universidad de Concepción que a esa hora toca música clásica. Y luego se disponía a comulgar (el dónde guardaba las hostias, se mantendrá en secreto a pedido del personaje). Como el ambiente era perfecto, la comunión resultaba muy gratificante. Luego hacía algo de meditación y partía feliz a su trabajo.
Llevaba un tiempo en esta satisfactoria rutina hasta que llegaron a inmiscuirse, sin ser llamadas, algunas ideas preocupantes. ¿Debería consultar a un cura para saber si obraba bien? La experiencia le decía que había curas para todos los gustos, de manera que si uno quería una aceptación o un rechazo con reto, había nada más que elegir el cura adecuado. Ello lo llevó a posponer la consulta. No pudo menos que admirar la regla del Opus según la cual los miembros deben confesarse todas las semanas, sí o sí. Felizmente él no era Opus.
¿Y si compartía su secreto con otro MESC? Alguien que fuera de mirarlo espantado, no le contaría a nadie, ni lo retaría; tal vez Andrés Olea, pensó. Luego se dijo que no sería justo involucrar a Andrés en esto: Finalmente decidió dejárselo al Señor. Él ya me hará oír su opinión y adecuaré mi plan según me lo pida.
Lo consolaba que la seguridad de las hostias estaba garantizada. Creía que no habría problemas. Aunque nunca se sabe cuándo el diablo mete su cola, decía con resignación. Por el momento todo andaba bien, estaba contento, seguro de no perjudicar a nadie, no faltar a las reglas, al menos en general. Así que se dijo:
– Ahora a esperar la comunicación del Señor y que sea alto y claro porque soy un poco sordo.