K.1.1     Nº 1: El dilema del Ministro

Caso 1: El dilema del ministro

(Documento de Estudio MESC). 22 septiembre 2011. Comentarios a: jartigas@udec.cl

La enfermera le entregó un pequeño papel con los números de las habitaciones donde algunos pacientes habían solicitado la comunión.
Hacía ya algún tiempo que cumplía con llevar la comunión a los enfermos del Sanatorio Alemán de Concepción. Prefería el área de los cancerosos. Sentía que el drama de la vida y la muerte estaba allí más próximo y el interés de los enfermos por la eucaristía tenía un sentido más vital, tal vez apremiante.
Enfrentó la puerta de la habitación 304 y se preguntó ¿Cómo sería el enfermo? Siempre era una sorpresa. Tanto podía ser una persona pronta a ser dada de alta como una prácticamente moribunda, a la cual sería muy difícil introducir siquiera, un pequeño trozo de hostia en la boca. Golpeó suavemente y empezó a abrir la puerta.
– Con permiso. Dijo el ministro. Había un solo enfermo.
– Pase. Respondió el enfermo vestido con pijama azul, en un sillón desde donde veía televisión. Se levantó y estiró la mano para saludarlo. El ministro titubeó, recordó que les estaba prohibido tocar a los enfermos. Pero inconcientemente levantó un poco su mano, la que el enfermó, adelantándose, tomó con fuerza para completar el saludo. Fue un fuerte apretón de mano, acorde con sus aproximadamente 1.85 m de altura, contextura robusta y aspecto atlético, donde el cáncer, al parecer, aún no había empezado a mostrar sus estragos.
– Ud. pidió la comunión? Preguntó el ministro.
– Sí. Gracias por venir. Respondió con un tono de voz grave, que el ministro interpretó como varonil y acorde con su físico.
– Entonces, dijo el ministro, armaré en esta mesa un pequeño altar para efectuar una sencilla liturgia que precede a la comunión.Sí, por supuesto acotó el enfermo y empezó a despejar la pequeña mesa de ruedas usada en las comidas.
El ministro desplegó los elementos litúrgicos que traía en un bolso tipo bancario, bajo la mirada atenta e interesada del enfermo. Cuando estuvo todo listo dijo:
– Ahora empezaremos: En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. La paz del Señor sea contigo y con todos los aquí presentes… El enfermo se persignó y se mantuvo de pie, atento y silencioso frente a la mesa- altar.
Luego de las oraciones correspondientes, el ministro tomó la Hostia consagrada desde el porta viático y la alzó diciendo: Este es el cordero de Dios que quita los pecados del mundo… y se adelantó hacia el enfermo para poner la Hostia en su boca.
– Espere, dijo el enfermo. No sé si puedo comulgar, porque vivo con una pareja y no me he confesado. Si tiene tiempo le podría explicar.
El ministro sintió como si hubiese chocado contra una pared. Quedó paralogizado. Pensó que no era el momento para conversar y que no tenía tiempo para devolver la Hostia que ya tenía a la altura de la cara del enfermo, a dos palmos de su boca. Por su mente pasaron vertiginosamente pensamientos éticos unidos a recuerdos de las clases para ministros. Su mente, acostumbrada a hacer análisis rápidos y a correr riesgos confiando en su pericia y buena suerte, se aceleraba. En casos como éste, lo mejor es dejarle el problema al Señor, se dijo. Es un enfermo de cáncer, de avanzada edad y por algún motivo pidió la comunión.
– Le propongo un compromiso. Dijo el ministro mirándolo fijamente a los ojos y manteniendo aún la Hostia a la altura de su cara: Le daré la comunión si Ud. se compromete ante Dios que en cuanto salga del hospital se confesará. Conmigo es un compromiso de caballeros, así yo comparto su responsabilidad.
– Bueno dijo el enfermo. Acepto el compromiso. Y comulgó.
Mientras el ministro guardaba sus elementos litúrgicos el enfermo le preguntó en tono amistoso
– Tiene tiempo para conversar un rato?
Como ministro sabía que su misión no incluía conversar con los enfermos, más bien la excluía. Hay otras personas preparadas para eso. Pero considerando que ya había dado un paso de gran riesgo, una corta conversación podría tal vez aportar atenuantes, justificaciones, quizás algo que no podía precisar.
– Bueno conversemos. Lo escucho dijo el ministro terminando de cerrar su bolsón.
Ambos hombres quedaron de pie frente a frente. El ministro comprobó la gran diferencia de altura. El cuerpo del enfermo era firme para la edad y bastante atlético. Tenía el pelo blanco amarillento abundante, largo en los costados de la cabeza y con una barba y bigote de igual color, cuidadosamente recortados. Bien erguido era una figura impresionante.
– Cuando enviudé, hace seis años, inició el enfermo con voz llena su explicación, mis cuatro hijo me dijeron que preferían que viviera con mi pareja para que no estuviera solo. Así es que me la lleve a la casa y estamos viviendo juntos hace casi 4 años. Ella es más joven que yo y ya la conocía desde antes de enviudar. Tengo 84 años y como Ud. sabrá tengo cáncer. Siempre he sido religioso aunque no muy observante. Con mi señora íbamos todos los años a San Sebastián. Hace un tiempo hablé con un cura para ver que podía hacer. Después que le expuse mi situación, me dijo que continuáramos hablando otro día. Pero no he vuelto. Yo quiero arreglar mi situación con Dios.
– Permítame preguntarle algo. Dijo el ministro: Su pareja es o ha sido casada? Tiene hijos?
– No dijo el hombre. No tiene hijos ni ha sido casada.
– Entonces por qué no se casan? Y todo se arregla, argumentó el ministro.
– Pero tendría que ser sólo por la iglesia. Dijo el enfermo con convicción.
– Y por qué? Preguntó el ministro. Es por asunto de bienes y de herencia?
– No. Ella tiene sus bienes y yo le regalé incluso la mitad de un departamento hace algún tiempo.
– Entonces cual es el problema? Se casan por las dos leyes y todo se arregla. Sugirió categórico el ministro. Y además pueden iniciar una vida espiritual normal como Ud. quiere.
– No sé, preferiría por la iglesia no más. Cuando me casé, le prometí a mi esposa nunca casarme por segunda vez. Fue una promesa que deseo cumplir. Respondió enfáticamente el enfermo.
– Y cree que al casarse sólo por la iglesia no estaría faltando a su promesa. Preguntó el ministro en tono dubitativo.
– Por eso ha pasado el tiempo y no lo he hecho. Respondió con voz apagada.
El ministro miraba al hombre enfermo de cáncer, de 84 años, emparejado con una mujer mas joven (cuánto mas joven?), con total apoyo de su familia y con serias inquietudes espirituales. Que podía decirle? No sabía siquiera si era aceptable casarse sólo por la iglesia. Parecía que sí, pero no estaba seguro. También podría sugerirle que juntara a los familiares como testigos, tomara de la mano a su pareja y dijeran en voz alta: Ponemos a Dios por testigo que nos estamos casando libremente y para siempre. Total, según entiendo, el sacerdote es sólo un testigo en los casamientos. Todo se le envolvía en una confusa niebla de dudas. Pero tenía que decir algo. El hombre lo esperaba atento.
– Señor ayúdame. Esta no me la puedo. Dijo en un semi suspiro el ministro. Luego con voz llena le dijo: Bueno mi amigo, espero que nos veamos otra vez y me cuenta como le fue después de confesarse y consultar al sacerdote sobre su situación. Yo creo que casarse por las dos leyes le arregla todo. En fin, Ud. verá. Ahora con permiso me quedan varias comuniones que dar en este mismo piso. Hasta luego, y le estiró la mano.
Cuando el ministro salía del Sanatorio con su bolso apretado bajo el brazo, mas que apretado, abrazado, seguía pensando en el canceroso de 84 años y de las consecuencias que tendría para él haber tomado la decisión de darle la comunión a pesar que él lo advirtió.
-Y si no se la hubiese dado? Si en el momento de acercarme, cuando me detuvo, yo simplemente me hubiese devuelto hacia la mesa, guardado la Hostia en el porta viático, continuado con la liturgia y al final, le hubiese leído una comunión espiritual, como lo había hecho en otras ocasiones.
– ¿Por qué sentí que estaba haciendo lo correcto cuando le propuse confesarse después que saliera del Sanatorio? ¿Acaso fue por inercia, por no regresar a guardar la Hostia?
Desde que era Ministro Extraordinario de la Santísima Comunión, servicio al cual había entrado por un definitivo llamado del Señor, pensó que las dudas se las dejaría a Él. Se acabarían los análisis agudos, las especulaciones intelectuales, el hacer cosas para juntar honores. En general sería otra persona, tal vez una mejor persona. No estaba seguro. ¿Y si no lo hice bien?
Este episodio podría no saberlo nadie más. Posiblemente no vuelva a ver al hombre. No sé siquiera donde vive. No recuerdo su nombre. No estoy seguro que debo confesar este hecho como una falta, pues posiblemente no lo sea.
¿Estará bien que me rija por mi criterio, supuestamente inspirado, en situaciones confusas?
No puedo dejar de pensar que cada vez que doy la comunión en la iglesia, no tengo la oportunidad de preguntarle a cada persona de la larga fila si está confesada. Sólo debo dar la comunión. ¡Pero esta vez me lo advirtieron!
Quizás cuantas situaciones similares deberé enfrentar en el futuro. Y tal vez peores.
Me conforma saber que no estoy solo.

 

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