I.3. Equitación

Algo de mis inquietudes sobre los caballos y la equitación lo anoté en la Biografía (Categoría B). Mis actividades ecuestres están limitadas a las que realicé en el querido Regimiento de Caballería R.C.7 Guías del General Benavente, en Concepción. Este Regimiento quedaba a unas 10 cuadras de la Universidad donde yo hacía horario completo. Cada día, antes de irme a casa, pasaba ver mis caballos, que al final eran cuatro, pensionados en el cuartel. Muchas veces a esa hora, si había picadero libre, ensillaba y montaba una hora mas o mensos. Los sábados en la mañana y a veces los domingos, había pequeños concursos de salto organizados por alguna repartición del Regimiento. Estos eran como los entrenamientos regulares. Pertenecí por 50 años al equipo de saltos del Guías, asistiendo a concursos oficiales en Concepción y en las ciudades cercanas en la zona. Colaboré en los curso de principiantes, entre otro a mi hijo Jorge, que continuó en el deporte hasta que se accidentó en moto y hoy está inactivo. Los eventos sociales mas importantes de la ciudad eran los organizados por el Regimiento y el antiguo “Club de Paperchase de Concepción”, del que fui por unos años presidente. El casino del Regimiento Guías, posteriormente Casino de la Guarnición, se prestaba por sus hermosos salones muy bien alhajados y con experto personal de servicio. En ese tiempo, hasta su disolución, en l960, el Paperchase funcionaba en el Regimiento y sus jinetes participaban en todos los concursos y eventos. Debo aceptar que casi por 50 años el deporte de la equitación ocupaba gran parte de mi tiempo libre. Lo bueno de todo ello era que las esposas eran incorporadas a las actividades, especialmente a los Paperchases, que eran cabalgatas por los cerros con un refrigerio a media mañana, regreso al cuartel   al medio día y luego en la noche baile en el casino. Mi señora participaba con gran entusiasmo en todos estos eventos. El Regimiento aportaba lo principal de la caballada. Recuerdo varios Paperchases con cerca de 100 jinetes participando.

Con nostalgia recuerdo mis caballos, deben haber sido unos ocho, pero del que mas recuerdos tengo es del “Sherman” que compré, de cuatro años, en el Club Hípico de Concepción. Después de ganar casi todas las carreras en que participó; terminó su vida hípica por problemas económicos de su preparador. Con mi hijo Jorge que fue activo equitador en Santiago, y uno de los iniciadores del Polo Cross en Chile, nos prestábamos los caballos. Me pidió al Sherman para un concurso y este se lesionó al saltar del camión de transporte y hubo que sacrificarlo. Ambos sentimos mucho su muerte. Fui un entusiasta equitador, deporte que me dio muchas satisfacciones. Tanto como saltar, disfruté también el adiestramiento que me parecía, y aún creo, que es la esencia misma de la equitación. En esta última disciplina, no fui exitoso, en parte porque tener un caballo de adiestramiento es un asunto muy caro, especialmente el caballo, además los concursos son menos frecuentes que los de salto. Si embargo creo que las clases, o entrenamientos, en adiestramiento, guiado por un buen maestro, es algo casi sublime. Al menos yo los disfruté mucho. Todo sin embargo involucraba el cuidados de los caballos, yo llegué a tener cuatro caballos saltando y por un tiempo, como experimento, un caballo chileno de buen porte que me regaló mi querido amigo Julio Kuncar de su criadero, para ver si los caballos chilenos podía hacer las gracias que hacen los Lipizanos o los Andaluces. En realidad esto último no resultó, a pesar de las incontables horas que dediqué a su adiestramiento. Parece que las gracias que hace el caballo chileno ya vienen en su ADN y muy firmes. Recuerdo que cuando lo apretaba un poco, salía galopando de costado, muy feliz, en circunstancias que yo le pedía solo que se levantara un poco pero en la línea. Todos los equitadores saben que no es un deporte para toda la vida, hay un desgaste natural y los huesos pasan la cuenta, especialmente el adiestramiento. Yo monté en concursos hasta los 72 años. Como fue que terminé esto es interesante. Estaba en un concurso de salto en La Posada en Concepción, camino a Coronel. Era un día domingo de primavera y el día estaba esplendoroso, especialmente en una cancha de saltos con tanto colorido y buen trabajo de los organizadores. Fue como a las cinco de la tarde (llega Lorca sin llamarlo), yo estaba en el paddock tomando saltos sencillos para precalentarnos con el caballo. En esa pequeña cancha, al costado de la pista, se esperaba el llamado a concursar. Cuando fui nombrado por los parlantes y entré a la cancha que estaba preciosa, junto a abundante público. Mientras avanzaba a la línea para empezar a tomar los saltos, momentos en que usualmente la adrenalina estaba en su punto mas alto y me ponía lleno de entusiasmo, felicidad y valor, sentí un extraño desgano, un poco de miedo y una ganas vivas de no estar ahí. Me sorprendí, y me pregunté que pasaba conmigo, era la primera vez que me sucedía. Ahí mismo concluí que la equitación se había terminado para mi. De todos modos, tomé la cancha y la pasé con cuatro faltas (derribé una vara). Cuando me retiraba al tiempo que acariciaba el cuello del caballo, tomé la decisión: Esta fue la última cancha, cuelgo las botas y, esto se acabó. Y así fue, me deshice de mis caballos y el equipo lo vendí, a casillero cerrado, a una familia con jóvenes que se estaban iniciando. Fue sin duda bueno para ellos por que eran tres sillas de salto y dos de adiestramiento, completas mas una gran cantidad de riendas y equipo de adiestrar. Ahora todo lo recuerdo con cariño y nostalgia. Los caballos me siguen gustando mucho, pero no tengo ninguno. Me viene a la memoria un viejo dicho árabe: “Alá tomó un puñado de viento del sur y, dándole su aliento, creó el caballo”.