I.2. Artes marciales

Las películas de Bruce Lee, muy populares desde los años cuarenta, desataron una fiebre nacional por las artes marciales en personas de todas las edades, principalmente KUN FU. Muchas academias nacieron en ese tiempo y en Concepción se fundó una en la YMCA. El sensei era un muchacho chino-chileno, hijo de un chino experto en Kun Fu, el señor Chang. Fui adicto a las películas de Bruce Lee y en cuanto pude pagar la matrícula, entré a la academia de los señores Chang. Tengo que reconocer que, a pesar de ser de mayor edad que el resto de los alumnos, me tomó con tanta o mayor pasión que a ellos y fui alumno destacado alcanzando el cinturón café. Que no era poco, pues esto era una especie de religión y los signos, muy importantes y respetados. Hoy se ven niños pequeños luciendo el cinturón negro, pareciera que no hay otro. Chang hijo, era un excelente instructor. La sesión empezaba con una meditación sobre los ejercicios de la clase anterior. Esta parte se hacía con la luz lo mas baja posible, sentados en el suelo, con las piernas cruzadas, música ambiental china y las palabras del sensei (así se denominaba al instructor). Estuve tres años, hasta que la academia se cerró, parece que por un problema de espacio. Luego estuve en otras academias, entre ellas Taekowodo, Kio Cuchis Can, y un par mas. Pero nada fue como el Kun Fu. Posteriormente el gobierno militar de la época, en 1975, prohibió el funcionamiento de estas escuelas, por ser usadas como instrucción por gente del MIR y otros, lo que a mi me consta pues reconocí a varios de ellos en mis clases. La U.de.C, recordarán, en los años 70-80 era la “Universidad Roja de América”. Pasó el tiempo y en 1980 (aprox.), se permitieron las clases de Judo en las Universidades, por ser considerada esta actividad, deporte olímpico. Yo me matriculé en la Universidad de Concepción, en el curso del instructor Sr. Bladas Baksis, un uruguayo bastante diestro en el tema, que hacía las clases en la casa del Deporte de la Universidad, usando un tatami (colchoneta) mas delgado que una sopaipilla; posteriormente la Universidad compró un tatami reglamentario. Para mi sorpresa resultó no ser ni mas blando ni mas grueso que el que ya teníamos. Por obligación, el primer año fue solo gimnasia, después judo. Me gustó, a pesar que siempre sentí un natural rechazo por el excesivo contacto físico con el contrincante, y en las posiciones mas increíbles. Así y todo, fui seleccionado para el equipo de la Universidad a un Campeonato Nacional. Empezamos los entrenamientos con gran fuerza y frecuencia, por lo que recibía quejas de la familia. Había en el curso un alumno antiguo, a quién no gustaba mucho que un viejo como yo, de 55 años, tuviera que combatir con él pues teníamos un físico similar. Así fue como durante un entrenamiento, nos fuimos al suelo, cayendo él sobre mi. Cuando oí el ruido, me percaté inmediatamente que se me había quebrado la clavícula. Recién el año 2017, me reencontré con el que me quebró. resultó ser el médico Dr. Bardiza con quién tuve una agradable reunión nostálgica. Una segunda vez me accidenté igual, esta vez menos grave, pues fue solo una trizadura. Ahí terminó todo para ese campeonato. Quedé sin practicar como tres meses. Cuando volví me di cuenta que ya no era el mismo. La idea que con la edad, cerca de 56 años, mis huesos se estaban poniendo mas quebradizos, limitó mi accionar y finalmente renuncié. Tengo el recuerdo que las artes marciales creaban un mística casi religiosa entre los alumnos. Algunos perdieron sus carreras, otros se fueron al extranjero, otros quedaron con algunas secuelas físicas o psíquicas permanentes. Pero nadie, creo, quedó indiferente.