E.5.9. Viaje a la Habana, Cuba

Viajeros: Jorge Artigas y Claudio Gallardo
(8-13 abril 2011)

El propósito de nuestro viaje fue conocer La Habana por dentro. Una aproximación a la Cuba urbana profunda antes que cambie el sistema revolucionario, lo que se estimaba posible en un futuro próximo. De ello daban cuenta las noticias internacionales y han sido corroboradas en estos últimos días, posteriores al último Congreso del PCC.

Después de invitar a acompañarme a varios familiares que al final no pudieron ir, resultó la agradable compañía de Claudio Gallardo, novio de Tini, que resultó un excelente acompañante, interesado en todo, buen genio, buen gozador, buen administrador del viaje, preguntón y, etc.

La empresa de turismo nos ofreció un paquete clásico que es dos días en la Habana y tres días en Varadero. Preferimos hacer todos los días en La Habana, porque Varadero es como cualquier resort del Caribe.

Llegamos a La Habana a las 10 de la noche en COPA. Nos impresionó lo chico del aeropuerto y la cantidad de funcionarios a cargo de recibir a un grupo de 18 pasajeros que llegamos en el avión. Conté 21 funcionarios visibles, todos con algún tipo de uniforme o identificación colgada al pecho. Todos fueron personas muy amables, conversadores y de buen humor. Ninguno pidió coima. No hubo problema con las maletas, más bien fue más sencillo que en otros aeropuertos en que habíamos estado. El taxi nos llevó al hotel Habana Libre que queda en medio del barrio Valarte (un antiguo barrio de la ciudad). El hotel es antiguo, bello y, todo es grande. Tanto los espacios comunes como las piezas las que se parecen a las de los hoteles de los resorts. Pero todo ligeramente envejecido. En él descansó el ejército de Fidel cuando llegó a La Habana (hay muchas fotos en las paredes). Últimamente los cubanos han sido autorizados para alojarse en el hotel como los turistas. Antes no podían, aunque pudieran pagar. Se veían por todos lados funcionarios con uniforme o con tarjetas de identificación. Todos los que atienden son funcionarios del estado. No arriesgan nada si no lo hacen bien, tienen el sueldo asegurado. Sin embargo, su atención no se diferencia de la de los hoteles particulares que conocemos. Tampoco se esfuerzan demasiado. Hay muchos en todas partes (es lo que más nos sorprendió), pueden ser casi tres veces el número que hay en hoteles particulares para una misma función. Esto impresionó especialmente a Claudio que como es jefe bancario, sabe de falta de personal para el trabajo.

La primera impresión que tuvimos sobre la gente, es que es un pueblo limpio y bello en general. También correctos, incluso las atentas, abundantes, hermosas y simpáticas patines estacionadas a la salida del hotel; algunas camufladas de guías.

Dormimos muy bien cada uno en su pieza, de donde teníamos una excelente vista de La Habana hacia el mar. Desde el 12° piso se veía, de noche, chica por sus luces más bien ralas y todas amarillas (antiguas).

Salió el sol por el mar y se pudo ver, desde lo alto, la ciudad en toda su pobreza, especialmente el tráfico, los pocos peatones, la calidad de los pavimentos y la ausencia de letreros comerciales. Con Claudio concluimos que los letreros, especialmente los luminosos, le dan mucha vida a una ciudad. Tomamos desayuno como en todos los hoteles. Abundante y rico, con piano y todo. Salimos derecho a la Habana Vieja, que es la verdadera Cuba. Como era domingo fuimos a misa de 10.30 en la vieja Catedral, equivalente a nuestra misa de doce. Había unas 150 personas, muchos matrimonios jóvenes con niños y, viejos. Los curas y/o religiosos también muy abundantes. Eran unas ocho personas en el altar. Me pregunté si eran empleados públicos también; no me habría extrañado. Luego salimos a conocer la Habana Vieja. Tomamos un triciclo taxi y recorrimos muchas calles. Luego regresamos a la plaza para seguir caminando. De repente veo un letrero, de los que hay muy pocos, donde se leía “La bodeguita del medio” que me recordó el lugar donde la tradición dice que se curaba Hemingway. Entramos y era ahí. Estábamos en el exacto santuario de Hemingway. La cuna de los mojitos, la música y el webeo permanente. Había poca gente. Nos tomamos más de un mojito y yo prendí un puro. Rato después, empezaron a llegar turistas en oleadas. Muchos no entraban (posiblemente adventistas interesados en la literatura USA solamente). Sólo observaban desde afuera el santuario. Con Claudio decidimos almorzar ahí, con música, con apreturas de gente y un ambiente reconozco: romántico-nostálgico. Nos señalaron el lugar del mesón donde Hemingway llegaba en la mañana y empezaba a tomar y a escribir todo el día. De ahí armaba, al anochecer, un grupo con otros curagüillas, que con seguridad tomaban a costillas de él, y se iban a otros lugares menos santos a terminar la noche. Y eso todos los días. El lugar está lleno de fotos de personajes que han visitado el lugar. En un lugar principal, Hemingway abraza a Fidel Castro. Los muros están llenos de nombres escritos con plumón en diversos idiomas. Prácticamente no hay un lugar donde escribir. Con Claudio escribimos nuestros nombres, de arriba abajo, en un palo de la reja que da a la calle. El único lugar que encontramos desocupado.

Seguimos recorriendo la ciudad vieja. Entramos a la casa de una chica que tenía una minúscula tienda de ropa hecha por la familia (autorizada, pero deben pagar matrícula e impuestos). Compramos 100 puros de contrabando, ropa (dos guayaberas), y regalos. Seguimos viendo gentes, casas, artistas callejeros y triciclos y coco taxis. Tomamos casi 300 fotos, especialmente de las casas, las que están muy abandonadas y viven varias familias en ellas. Nadie arregla nada pues muchas de ellas son del estado. El agua servida corre por algunas calles. Visitamos varios museos, plazas, monumentos. Hablamos con taxistas en sus enormes taxis, algunos en buen estado de conservación, otros igualmente viejos (años 40-50), en pésimo estado pero trabajando y echando humo negro. Ninguno pasaría una revisión técnica. Todos andan muy lentos por las calles que tienen abundantes hoyos.

Los días siguientes fueron semejantes. No parábamos de conectarnos con la gente. Siempre encontrábamos algún guía que estaba dispuesto a conversar con nosotros, tomando café o mojitos que pagábamos encantados. Claudio resultó ser un preguntón terrible, lo que nos permitió informarnos. Todos querían irse de la Isla y se quejaban de los salarios muy bajos y de la falta de expectativas. Otros estaban esperando, como dicen, que se muera el caballero (por Fidel), pues entonces se van a producir algunos cambios. Uno de estos guías nos paró en la calle para ofrecer llevarnos a un paladar (restoranes familiares). Era un hombre cuarentón que nos confesó que varias veces había estado por irse, pero que le había tenido miedo al mar y en último momento se había quedado. Otro nos explicó que el problema era tener alguna disculpa para ir al extranjero y quedarse. Como hicieron recientemente los del equipo cubano de fútbol sub-veinte, que salieron a jugar al extranjero y solo volvieron el entrenador y el masajista, un par de cincuentones llenos de familia en Cuba. Un guía nos llevó a un paladar. Así se llaman los restaurantes familiares autorizados. Instalados en alguna casa particular, con no más de cinco mesas y atendidos sólo por familiares; nadie puede ganar sueldo. Además todos los productos (insumos) deben comprárselos al estado.

El domingo como a las cuatro de la tarde, en la plaza al lado del hotel, nos impresionó ver dos colas de personas, con parejas, principalmente de jóvenes y grupos. Cada cola era de unas 150 personas. Preguntamos y no informaron que eran jóvenes haciendo cola para entrar al Copelia a servirse un helado: A medida que iban saliendo se permitía entrar. ¡Para comprar el helado de la semana!

Un joven nos detuvo para invitarnos a entrar a una especie de cabaret. Resultó tener afinidad con Claudio y nos pusimos a conversar en la calle. Dijo mucho, entre otras cosas que las guayaberas que yo había comprado, sólo se usaban como uniformes para trabajar con turistas. Que él, nunca se pondría una guayabera para salir con su novia. Entonces qué te pondrías? le preguntó Claudio. Me pondría pantalones y polera como los tuyos, pero antes me daría un baño con jabón. Me impresionó lo del jabón. Luego supe que se puede comprar un pan de jabón con la tarjeta de racionamiento por persona al mes. Claudio quedó de llevarle un par de poleras y el jabón de la pieza del hotel. Estaba feliz.

Un día, para el desayuno, bajé antes que Claudio. A la entrada había que decir el número de la pieza y una chica le ponía un tic. Cuando estaba ya sentado, oigo que el piano tocaba Gracias a la Vida. Cuando terminó, me acerqué a la pianista para agradecerle y le pregunté que como supo que era chileno Me dijo que se lo preguntó a la chica que ponía el tic. Todo había sucedido en unos tres minutos. ¡Eso es un eficiente servicio secreto!

Me había impuesto la obligación de contactar entomólogos, para lo cual fuimos al museo y a la Universidad Libre de La Habana, pero no pude encontrar a ninguno. Mala suerte. En la Universidad de La habana quedé impresionado por lo vieja, vetusta y poco poblada. Se venían muy pocos alumnos; era lunes a las 11 hrs. El laboratorio de entomología me recordó los laboratorios de agronomía en la U. Católica el año 1949. Muy pobre. Tenían dos microscopios estereoscópicos (buenos) donados por China y unos mesones viejos y en mal estado. No estaba el profesor al que le llevaba mi libro, Entomología Económica, de regalo. Así es que me acompañó una profesora joven a la Biblioteca de la Universidad, donde deposité oficialmente el libro. En la oficina de la dirección de la Biblioteca Central, en un momento, éramos 9 personas, incluidos Claudio y yo; todos empleados del estado. Algunos no tenían escritorio, así es que se desplazaban, como explicó la profesora, por distinta oficinas. Lo interesante de estos grupos es que siempre hay un jefe responsable del grupo. Pero no es el que parece ser. Nos alertaron que podía ser cualquiera, por ejemplo el que cuidaba la puerta sentado en una sillita.

Al salir de la Universidad, hacía calor así es que nos fuimos a tomar una bebida en una terraza. Vimos pasar un hombre de unos 70 años, vestido modestamente con un antiguo terno, pero muy limpio, con corbata y los zapatos negros lustrados. Pedía limosna! Claudio se impresionó y empezó a imaginar historias sobre este hombre. Concluimos que debía ser un jubilado que vivía en una casa con numerosas personas y lo mandaban a pedir. Hacía mucho calor, no teníamos ánimo para invitarlo a conversar unas bebidas. Nos lo perdimos. Habría estado bueno.

Queríamos conocer algo más, así es que le preguntamos al chofer de un coco taxi (motoneta con dos asientos para pasajeros), dónde estaban los buenos barrios. Se hizo el que no entendía. Entonces le dije: por ejemplo dónde viven los médicos. Me contestó muy serio: Señor, aquí todos son trabajadores por igual. Comprendí que era un revolucionario devoto así es que terminé el diálogo. Posteriormente nos informamos que prácticamente no hay barrios nuevos. Las nuevas construcciones son grandes edificios de departamentos (y según dijeron muy feos), construidos en la periferia de La Habana al estilo soviético. A una joven profesora de la universidad, le pregunté si se iría a vivir a una casa con su marido cuando se casara. Me contestó que eso no existe: las parejas jóvenes se quedan en las casas de los padres. En la de ella, en ese momento, vivían tres generaciones.

En una visita a un museo de la fortaleza que cuidaba el puerto de La Habana, mientras mirábamos, se nos acercó una guía que nos empezó a explicar una larga, pero entretenida, historia sobre naufragios y tesoros. Era una mujer de mediana edad, muy bien peinada y maquillada, con su uniforme limpio y recién planchado (pliegues del planchado visibles). Al terminar nos dijo muy seria y muy digna que estaba autorizada para recibir propinas y esperaba que si la historia nos había gustado se la diéramos. Le dimos un CUC cada uno.

Las plazas y jardines están descuidados, pero como llueve, no se mueren las plantas. Son del estado, nadie los cuida. Las casas son de 1925 al 1935, creo que de estilo francés, con columnas y frisos. Viven varias familias y nadie se siente con la obligación de cuidarlas (además no tienen acceso a materiales ni herramientas). Se supone que hay cuadrillas de obreros del estado destinados a este trabajo. Le preguntamos a un taxista por una buena y vieja casa frente al malecón que tenía todo el frente con andamios. Respondió que hacía años que la veía así. Esas casas son las que comprarán como locos los americanos cuando lleguen a la isla. De todos modos, descubrimos que sí hay un barrio mejor. Este es el barrio Miramar, donde viven las personas de dinero, altos empleados y diplomáticos. Dominan el barrio las embajadas de USA y Rusia. Dos enormes construcciones, verdaderas fortalezas. El barrio luce como algún buen lugar de Ñuñoa. Quisimos ver dónde se abastecía la gente de ese barrio y llegamos a un supermercado mediano y despoblado; me recordó los primeros tiempos de la Unidad Popular en Chile, inicio de los racionamientos. Tenía varias cajas, y muchos empleados como de costumbre (es lo que más me impresionaba). Había de todo un poco, incluso lavadoras de ropa nuevas, como las que usaba mi madre en mi infancia (de dos depósitos) costaban US$ 200. Visitamos, además, en los barrios, pequeños lugares del estado, donde se compra con pesos cubanos, que es en lo que les pagan a las personas. Vimos una feria de verduras y frutas, muy pobre y llena de gente, especialmente mujeres, donde se compra con dinero CUC o dlls. Posiblemente algunas cosas menores en pesos. Las gentes que viven en estos lugares es la gente con dinero y capacidad para importar insumos. Fuera de los diplomáticos son los políticos. Recientemente se expulsaron 12 ministros de una vez, al de mayor categoría se le descubrió una cuenta en el extranjero de 2 millones de dólares. Eso nos contaron.

No vimos ningún policía con uniforme ni armado, tampoco militares. El aparato estatal debe estar repartido entre los que deambulan por las calles y lugares de trabajo. No se ven.

Visitamos la fábrica de puros Partagás. Muy interesante. Trabajan como hace 160 años (se creen en 1845). Todo a mano. Todo inmensamente viejo y romántico. La simpática guía, que nos separó del grupo para atendernos personalmente porque éramos chilenos (debe haber creído que estábamos aún en la U.P.), nos explicó que cada obrero se puede llevar tres puros diarios para su casa. Era la ración diaria cuando todos fumaban. Estos los juntan y los venden en sus casas. En esa fábrica trabajan 800 personas (2.400 puros diarios salen al mercado paralelo). Me espanté al pensar en un incendio, pues sólo tenía una angosta escalera que unía los cinco pisos. A la salida había muchos hombres ofreciendo puros a menos de la mitad del precio oficial. Nos informamos que eran parientes de los obreros de la fábrica.

La moneda es el peso cubano, con él les pagan a los empleados. Vale muy poco. Hay otra moneda que es el CUC que vale 25 pesos, más o menos un dólar. En todas partes cambian dólares y euros o los aceptan como pago.

La educación es posible que sea buena y bien distribuida, pues la mayoría de las personas que conocimos tenían al menos un lenguaje tipo chileno C1-C2. No fuimos al campo. Los niños del colegio se veían muy limpios y delgados (atléticos). La salud es posible que esté bien también, por lo menos eso se cuenta. Sin embargo entré en sospechas cuando me dijeron que el país había estado 2 meses sin anestesia y que estaban derivando a la farmacología natural porqué no producen fármacos (los obtienen sólo con triangulaciones con otros países). No se explica cómo pueden tener buenos diagnósticos si no tienen resonancia magnética, rayos X, scanners y etc. Máquinas que no producen y dependen de Alemania Oriental para obtenerlas. O, ¿quien las arregla? No veo como las pueden reemplazar. Esto con seguridad mejora la calidad de los médicos y técnicos que están obligados a ser muy buenos para diagnosticar con pocos elementos de ayuda. Y los técnicos muy buenos también para mantener andando esos equipos y calibrarlos. La medicina natural es frecuente. En todo el mundo se habla de unas famosas gotas de veneno del escorpión, que curarían el cáncer entre otras 23 enfermedades. Lo producen tomando el veneno de los escorpiones azules originario de Cuba y preparando con él unas gotas (homeopáticas) que se toman poniéndolas bajo la lengua. Eso de que sean exclusivamente de Cuba los escorpiones azules (en realidad son muy negros), me parece frágil, pues ya se sabe de crianzas de éstos en USA. De todos modos, compré un tratamiento completo de veneno de escorpión para Ivette.

No vimos mucha gente en las calles. En los días de trabajo hay poco tráfico. No se vieron buses, salvo uno parecido a un Transantiago que corre por una avenida larga. No vimos ni camionetas ni camiones. No supimos de trenes. La vieja estación de la Habana está convertida en feria de artesanía. Los pocos autos particulares (que tienen patente amarilla), son de los años 80 en adelante, pero hay pocos. Pregunta: en qué se desplaza la gente a sus trabajos? Bicicletas prácticamente no se ven, ni motos. Parece que todos esos vehículos los transforman en taxis.

Vimos un teatro, muy venido a menos que se parecía al teatro Ñuñoa (Santiago) de mi infancia. No hay paredes pintadas con graffitis ni empapeladas. Tampoco están limpias.

A la salida del aeropuerto, hay que pagar 25 dólares. Y no hay otro trámite.

Resumen: La Habana vive en el año 1940, con 2 millones de habitantes (Cuba tiene 12 millones). Regresaremos cuando se les produzca la miamización. Como sucedió con Alemania Oriental. Rusia no lo hizo mejor. No creen en la ayuda Venezolana, la encuentran muy tropical e insegura.

El pueblo cubano es excelente y van a ser muy bien recibidos por todas las sociedades latinoamericanas cuando puedan viajar. Son fáciles de querer y cualquier cosa que hagan o produzcan, ya tienen adelantado un nombre internacional que ya se lo quisieran muchos productos occidentales. Al escribir esta crónica, 9 de mayo de 2011, la radio informa al medio día que el Partido Comunista Cubano, acaba de autorizar que, después de 50 años, los cubanos puedan viajar libremente a otros países. Me temo que con ello, Cuba se quedará sin técnicos, especialmente médicos que tienen tanta reputación internacional. Tendrán que inventar una manera que asegure la vuelta de estos nuevos turistas a su país de origen.

Nuestro temor es haber visto bastante pero con ojos de gringo. Es decir, comparar todo con lo nuestro. Otro habría sido este informe escrito por un zulú o por un habitante de Mongolia rural. Siempre nos quejamos de los gringos y sus observaciones sobre Chile que consideramos superficiales e injustas.

De todos modos, luego de bajar del avión en Santiago, nos fuimos a prenderle una vela a la animita de Pinochet.